Novenario, día a día: qué se hace cada noche y qué se hace después
Nueve noches de rosario, café, sillas prestadas y una casa que no se vacía. Nueve noches de mensajes de Lucía, día por día — y lo que nadie te cuenta del día diez.


No me crie con novenarios. Lo digo al principio para que no me tomes por experta, que ya bastante daño hacen las expertas en estos temas. Lo que sé me llegó por escrito, en nueve noches seguidas, en los mensajes de Lucía — una mujer que me escribió por primera vez hace tiempo, después de leer algo mío, y que se quedó, como se quedan a veces las personas que empiezan siendo una carta.
Su madre murió un martes. El miércoles la enterraron. El miércoles por la noche empezó el novenario, y esa noche Lucía me escribió el primer mensaje, tarde, cuando la casa se vació: no sé rezar y me ha tocado dirigir esto, no te rías.
No me reí. Le pedí que me lo contara todo, cada noche, lo que fuera. En parte por ella, para que tuviera dónde ponerlo. En parte por mí, que apunto las cosas cuando no sé qué hacer con las manos. Esto es lo que me contó, noche a noche, y lo que entendí leyéndola.
Qué es, dicho sin catecismo
Nueve noches de oración por la persona que se ha ido. Normalmente el rosario, normalmente en la casa, normalmente a la misma hora — en casa de Lucía a las siete, porque a las ocho su tía tenía que dar de cenar a alguien. Empieza el día del entierro o el siguiente, según la familia, según el pueblo, según quién lleve la cuenta. Termina la novena noche con algo más grande: una misa, o el rezo con más gente, o, donde lo hacen así, el levantamiento de la cruz.
Eso es el papel. Lo que pasa de verdad, me escribió Lucía la tercera noche, es otra cosa: la casa no se queda vacía. Durante nueve días, a las siete, llega gente. Y una mujer que acaba de perder a su madre no tiene que decidir nada, porque el novenario ya lo decidió por ella.
Noche uno
Nadie sabe dónde sentarse, escribió. Hay una foto de mi madre sobre una mesa con un mantel que no combina con nada, una vela, unas flores que trajo alguien del mercado. Se reza. Yo muevo los labios en las partes que me sé y callo en las otras, y nadie me mira.
Después, café. Pan. La tía repartiendo tazas como si fuera una operación militar. Y esta línea, que guardo entera: no he comido en todo el día y mi tía me ha puesto un pedazo de pan en la mano y me lo he comido sin darme cuenta. Creo que así se come esta semana.
Noches dos y tres
Viene más gente que la primera. Eso no se lo esperaba — pensaba que la cosa iría bajando, y va subiendo, porque la noticia corre y porque a las siete de la tarde uno ya sabe dónde tiene que estar.
Alguien trae sillas. Alguien trae una olla. La noche tres, una vecina que Lucía no había visto nunca contó que su madre le enseñó a hacer un dulce hace treinta años, y se puso a explicar la receta en mitad de la sala, con cantidades. Me he reído por primera vez desde el martes, me escribió. Me he reído llorando, que parece que es como se ríe en un novenario. Nadie se ha escandalizado.
Le contesté una sola cosa: apunta la receta. Con cantidades. Esta noche, antes de dormir.
La apuntó. Nadie más lo hizo.
Noches cuatro, cinco, seis
El medio. Es lo más duro y nadie te avisa. Ya no es la conmoción del principio, todavía no es el final. La gente viene, reza, se va. Lucía escribía más corto esas noches, y más tarde. Una noche, solo esto: no sé si quiero que se acabe o que no se acabe nunca.
Las dos cosas, le contesté. Las dos.
Esas noches del medio, me dijo después, son las buenas para las historias, porque los que vienen ya no tienen prisa. El hermano de su madre contó cómo la conoció el marido. Una prima sacó una foto del bolso, de las de verdad, con las esquinas dobladas. Le pedí entonces la segunda cosa, la única otra que me atreví a pedirle: deja el teléfono sobre la mesa, grabando, si nadie se incomoda. No para hacer nada con ello. Para que exista.
Lo dejó. Entre la caja de las galletas y una taza, donde no llamaba la atención.
Noches siete y ocho
Se organiza la última. Quién trae qué, a qué hora la misa, si cabe todo el mundo. Lucía firmaba cosas, decidía cosas — es la primera vez en la semana que mando yo en algo, me escribió, y no sé si me da vergüenza lo bien que me sienta.
La noche ocho escribió desde la cocina, cuando ya no quedaba nadie. Me preguntó qué hacía con las grabaciones. Le dije que nada, que eran suyas. Me contestó: guárdamelas tú, que yo ahora mismo pierdo hasta las llaves.
Noche nueve
La casa llena como el primer día, más. Misa, o el rezo largo, o la cruz que se levanta — en casa de Lucía fue la misa, en la parroquia, y luego de vuelta a la casa, y comida de verdad, no café y pan. Es raro, me escribió, parece una fiesta y no lo es, y a la vez sí. La gente se despedía de su madre y también de esa semana, de esas sillas, de esa manera de estar juntos que no volverá a repetirse igual.
Su último mensaje de esa noche tenía dos palabras: ya está. Y no supe, y creo que ella tampoco, si era alivio o era lo otro.
El día diez
De esto no hay nada escrito en ninguna parte, y es de lo que más quería hablar.
El día diez no viene nadie. Las sillas se devuelven. La olla vuelve a su casa. A las siete de la tarde, por primera vez en nueve días, no pasa nada, y esa nada tiene un tamaño.
Lucía me llamó ese día a las siete y cuarto. No dijo por qué llamaba. Yo tampoco pregunté. Hablamos de otra cosa un rato, y luego me dijo: es que a esta hora ya me había acostumbrado.
El novenario está pensado para que la familia no esté sola cuando peor está. Funciona. Y el día que termina, deja un hueco con la forma exacta de nueve noches.
Lo que se queda cuando se van las sillas
Aquí es donde entran las grabaciones que me mandó, y la receta del dulce, y la foto de las esquinas dobladas, que la prima dejó fotografiar con el teléfono la noche seis, en el pasillo.
Con todo eso le monté a Lucía una página en Stella Memoria, desde mi casa, a saber cuántos kilómetros de la suya. Se la enseñé el día doce, más o menos, cuando ya podía mirar una pantalla. Está la receta, con las cantidades que dijo la vecina. Está el hermano contando cómo se conocieron. Está la foto. Ella fue añadiendo cosas después, despacio, y su tía también, que no entiende de páginas pero entiende de dictar.
No sustituye a nada, y quien te diga lo contrario te está vendiendo algo. Pero el día diez, a las siete y cuarto, Lucía tenía dónde ir. Eso es lo que hace.
Preguntas frecuentes
Estas son las cosas que le pregunté yo a Lucía, de ignorante, y las que ella hubiera querido que alguien le contara el primer miércoles.
¿Cuándo empieza el novenario? Depende de la familia y del lugar: el mismo día del entierro o el siguiente. En casa de Lucía empezó la noche del entierro. Lo importante no es acertar la fecha, es que alguien la fije y avise a los demás, para que a la hora del rezo la casa esté llena.
¿Qué se reza cada noche? Normalmente el rosario, a veces con una oración añadida por la persona. Si no te lo sabes, no pasa nada — Lucía no se lo sabía entero y le tocó dirigirlo. Mueves los labios donde puedes y estás. Estar es lo que cuenta.
¿Qué se lleva a un novenario? Algo de comer o de beber que no haya que cocinar en esa casa: pan, café, fruta, una olla hecha. Sillas, si tienes. Y si conociste a la persona, una historia. Es lo que más falta hace y lo que menos gente trae.
¿Qué se hace el noveno día? Es la noche grande: una misa, el rezo con toda la familia, y donde se hace así, el levantamiento de la cruz. Después, comida, y despedida. Y al día siguiente, silencio — para ese día conviene que alguien tenga pensado llamar a las siete y cuarto.
Para enviarlo a alguien o para publicarlo.