La primera Navidad sin un ser querido
La caja de adornos, la silla vacía, la canción del supermercado. Cosas pequeñas y sinceras para pasar la primera Navidad sin alguien.


A mí me pilló en el supermercado, a principios de noviembre. Estaba alargando el brazo hacia la leche cuando, en algún altavoz por encima de mi cabeza, empezó a sonar la canción. Ya sabes cuál. La que mi padre cantaba mal, a propósito, todos los años, mientras desenredaba las luces. Y ahí me quedé, parada entre los yogures, con los ojos escociendo, mientras un chaval que reponía estanterías hacía como que no veía nada, con una educación conmovedora.
La primera Navidad sin alguien no llega el 25 de diciembre. Llega a trozos, durante semanas. El primer catálogo de juguetes en el buzón. La primera compañera de trabajo que pregunta: «¿Qué planes tienes para las fiestas?». La primera postal dirigida a los dos, a él y a mi madre, que dejé unos días sobre el mueble del recibidor como si fuera a resolverse sola.
La caja del altillo
Y luego está la caja. En todas las casas hay una. Bolas envueltas en un periódico de no se sabe qué año, una estrella de barro que alguien hizo en la guardería, el ángel con una sola ala que nadie ha tenido valor de tirar.
Abrir esa caja el primer año es un pequeño acontecimiento en sí mismo. Hay quien no puede y deja el árbol desnudo. Hay quien lo compra todo nuevo para que nada en la casa tenga pasado. Hay quien lo hace a solas, a medianoche, para que nadie mire. Yo la abrí en casa de mi madre un martes por la tarde, con el abrigo puesto todavía, porque solo iba a echar un vistazo, y me quedé una hora sentada en el altillo con una bola en la mano que ni siquiera es bonita.
«Compré un árbol y lo dejé sin adornar once días», me escribió una mujer. «Al final lo hizo mi hija mientras yo estaba trabajando. Llegué a casa y había puesto el reno horroroso de su padre justo delante. Me enfadé más o menos un minuto. Luego, ya no».
Lo que hacen las historias
A principios de los años 2000, dos investigadores, Marshall Duke y Robyn Fivush, hicieron a un grupo de niños una lista de preguntas sencillas sobre su familia. ¿Sabes dónde crecieron tus abuelos? ¿Sabes cómo se conocieron tus padres? ¿Sabes de alguna enfermedad o de algo muy malo que le haya pasado a tu familia? Los niños que conocían más historias de esas tenían más seguridad en sí mismos y llevaban mejor los malos momentos.
La Navidad es la única época del año en que casi todas las familias siguen contando cosas en voz alta. Así que también es cuando las historias del que falta corren más peligro de pararse. O de contarse una vez más, si alguien empieza. En mi casa empezó mi hermano, por teléfono, desde su ciudad. Solo dijo: «¿Te acuerdas de lo de la plaza de aparcamiento?». Me acordaba.
Pequeñas cosas que ayudan
Decide una sola cosa de antemano. Una. Si alguien se sienta en la cabecera. Si seguís viendo la película en la que él se quedaba dormido cada año. No hace falta planear el día entero. Una decisión tomada en octubre es una emboscada menos en diciembre.
Mantén una costumbre exactamente igual. Cambia otra por completo. Las familias que lo dejan todo igual suelen notar el hueco demasiado afilado. Las que lo cambian todo sienten que pierden a la persona dos veces. Una de cada es una tregua razonable.
Dale un trabajo a su ausencia. Compra el regalo que él le habría hecho a alguien y ponle «de parte del abuelo». Dona a la causa que le importaba. Haz el bizcocho espantoso que nadie se comía.
Y pide a cada uno un recuerdo, solo uno, y apúntalo. En la mesa, en el coche de vuelta, en el grupo de la familia al día siguiente. La Navidad pone habladora a la gente. Aprovéchalo.
Una mujer me escribió sobre la caja de su madre:
«Mi madre etiquetaba cada adorno. Etiquetas diminutas de papel, con su letra diminuta: "Cuatro años, pegajosa". "De tu tía, el año que se fue a vivir lejos". "Comprada en el mercadillo antes de que tu padre me pidiera matrimonio, él aún no lo sabía". Había visto esas etiquetas toda mi vida y nunca las había leído de verdad. La primera Navidad sin ella me senté en la alfombra del salón y las leí una por una. Eran sesenta y tres. No había estado etiquetando adornos. Había estado escribiendo nuestra historia, bola a bola, y escondiéndola en una caja que abríamos una vez al año. Esa misma noche fotografié todas las etiquetas, con su adorno al lado».
Un sitio para las etiquetas
Casi todas las funerarias ofrecen una página de homenaje en internet, y en los primeros días importa muchísimo: la esquela, la ceremonia, los mensajes de los que no pudieron venir. Lo que llega después puede ir al lado. Una noche de diciembre en la alfombra con sesenta y tres etiquetas de papel, por ejemplo.
Esa mujer subió las fotos a Stella Memoria, una página donde toda la familia puede añadir lo que tenga, desde donde esté, y que se queda. Su hermano, desde muy lejos, añadió la historia de la bola del mercadillo, que ni ella misma conocía. Yo llevo allí la página de mi padre y lo digo sin adornos: no arregla nada. Pero la Navidad que viene nadie tendrá que subirse al altillo para leer las etiquetas.
Qué puedes hacer este año
Si esta es tu primera Navidad sin alguien, no hay una manera correcta de pasarla. Haz menos. Hazlo distinto. Llora entre los yogures si hace falta; el chaval de las estanterías ha visto cosas peores. Pero si solo puedes con una cosa, que sea esta: antes de que los adornos vuelvan a la caja, saca de ella las historias. La caja bajará otra vez el año que viene. Las historias tienen que estar en algún sitio donde puedas encontrarlas cualquier día del año.
Para enviarlo a alguien o para publicarlo.